jueves, 21 de enero de 2010

Poderes terrenales



Hace diez años estudiaba Letras en la universidad y vendía libros en Mosca Azul, una librería pequeña y encantadora al lado del parque Salazar, hasta que nació Larcomar, se multiplicaron las cadenas de librerías y Mosca Azul quebró. Pero hace diez años, cuando coexistíamos con Larcomar y cada vez menos gente entraba a la librería, pasábamos, Aarón o Eunice y yo, largas tardes leyendo, oyendo música y discutiendo el futuro del mundo, llenos de citas a Adorno, Gombrich, Malraux, Sartre, Beauvoir, Camus, Onetti, Ribeyro, Clarice Lispector y Martín Adán, nuestro parnaso de entonces. Uno de esos días llegó a la librería Poderes terrenales, de Anthony Burgess. Estábamos Aarón y yo. Él reconoció inmediatamente al autor y se detuvo a leer la contratapa, interesado. Hacía quizás uno o dos años que yo había visto La naranja mecánica de Kubrick y había quedado impresionado. Casi inmediatamente había leído el libro y me habían fascinado su brevedad, contundencia, erudición lingüística y, sobre todo, esa visión rabiosa y contenida, de los límites del mal, esa especie de convocatoria al milagro que nunca llega. Quedé fascinado pero no vi ningún otro título de Burgess ni oí a nadie comentar algún libro suyo que no fuese el ultra famoso. Entonces, Poderes terrenales me interesó. Era gigantesco (casi mil páginas) y, según decía la contra, su obra maestra. Sentí que caía en mis manos un secreto y lo compré, con la promesa de prestárselo a Aarón una vez lo acabara.

Pasó el tiempo y se me hacía difícil comenzar. Una novela tan extensa requería tiempo, dedicación, una calma que yo no tenía. Empecé a leerla en 2003, ya graduado, mientras volaba a Nueva York con la intención de cambiar de vida. Después de aterrizar, es probable que no haya vuelto a tomar el libro, ocupado como estaba en mirar, caminar, escuchar, atento, todo lo que pasaba alrededor. Recuerdo, además, que de ese primer capítulo leído en el avión sólo me impresionó una imagen del protagonista: un escritor homosexual de ochenta y un años, acostado junto a su amante muchos años menor, desnudos.

Pasaron los años y retomé el libro probablemente en 2006 o 2007, cuando pasaba casi todo mi tiempo encerrado, editando libros en una oficina de 2 x 2, rodeado de papeles, ruido de autos y olor a mar. Me recuerdo a mí mismo sentado a la orilla del mar, abrigado, pasando con sorpresa de la senectud de Kenneth Toomey, el protagonista, a su más temprana juventud, cuando aún vivía en casa de sus padres y sentía culpa por su homosexualidad. Recuerdo que la sorpresa fue mayor porque la analepsis no la hacía un narrador externo y fidedigno sino la memoria de un viejo de ochenta y un años que intentaba hurgar en su memoria para encontrar un milagro. Era evidente que el libro sería una aventura.

Desde entonces la novela me acompañó, como una presencia, como un viejo amigo. He seguido viajando y casi siempre la he tenido en la mesa de noche, en el escritorio, echada (y no de pie) en mi librero de siempre. La he leído muy lentamente, paladeando los viajes de los protagonistas, el fresco del siglo XX que Burgess grafica, profundizando en muchos de los datos que refiere: lingüísticos, históricos, políticos, teológicos. Porque, por un lado, la novela es un gran viaje por Europa, Estados Unidos, Asia y África desde el periodo de entreguerras. Un viaje a través de los cambios de modelos sociales, prejuicios, poderes, una vida que se va haciendo, en la que uno casi ve envejecerse a los personajes, a Kenneth Toomey, a Hortense, su hermana, a Domenico Campanati, esposo de ésta y a Carlo, sacerdote, que acabará convertido en Papa. Uno acompaña la historia del siglo y la vida de los personajes, uno los ve madurar, alcanzar el éxito, perderlo, morir. Todo sucediendo como en un gran best-seller (aunque contado con una erudición incomparable), excepto por el gran debate teológico que sostiene a toda la novela y que parte de la anécdota del milagro que Toomey presenció en su juventud: un debate acerca de la libertad, del bien y el mal, y de la peligrosidad de la religión.

La leí muy lentamente porque intuí que al terminarla iba a llegar este desasosiego. Quizá, por eso, al acabarla, me puse, primero a leer textos sobre la novela y luego a escribir este post. Les dejó acá, algunos de los textos más interesantes que encontré sobre el libro en la red: esta entrevista al autor hecha en Barcelona en 1982, cuando llegaba a presentar el libro, este texto brillante de Rodrigo Fresán en Página/12, y esta reseñita de El Boomeran(g).

No sé si Aarón o Eunice, que ahora siguen doctorados en Estados Unidos, alcanzaron a leer el libro, si no, la próxima vez que los vea se los prestaré.

*La foto esta extraída de aquí (que tampoco tiene pierde).

miércoles, 20 de enero de 2010

Síntomas de la historia



Desde los griegos hasta el siglo XIX se consideraba que la histeria era una enfermedad orgánica y femenina. El término proviene del griego ὑστέρα, ‘útero’, y se pensó durante siglos que el útero era un órgano móvil, que viajaba por el cuerpo femenino generando enfermedades.

Durante el siglo XIX, el afianzamiento de la burguesía consolidó, entre otros valores, la decencia de la mujer basándose en la supresión de su deseo sexual y, en consecuencia, un hombre decente era aquel que tenía sexo con su pareja únicamente para procrear, desfogándose en otras circunstancias con prostitutas. En ese contexto, se consideraba histérica a cualquier mujer con síntomas de alteración (frustración, rabia, tristeza, etc.) y se la enviaba a recibir tratamiento médico, que consistía en masajes al clítoris hasta que la mujer alcanzase el «paroxismo histérico», que hoy llamaríamos orgasmo, y se tranquilizase.

Así, cuando en 1891, Jean-Martin Charcot –que había vinculado el estudio de la hipnosis (en boga en la época) con la histeria–, presentó a sus histéricas en el hospital de la Salpêtrière, la medicina estaba dando un salto: sin sospecharlo, Charcot estaba creando la teoría de las neurosis. Él suponía que las histéricas, ante un choque externo, eran capaces de producir una autosugestión de síntomas como consecuencia del debilitamiento del ego (lo que será un aporte fundamental para el desarrollo posterior de los estudios sobre la histeria), y solía decir ante la parálisis histérica que, aunque había sido causada por la imaginación, no había sido imaginada. Sin embargo, su insistencia en las causas hereditarias y los signos exteriores de la histeria, lo llevaron a la triste exhibición de las histéricas.

Ese mismo año, mientras Charcot fotografiaba histéricas que convulsionaban o se paralizaban, que explotaban en síntomas porque no podían hacerse cargo de sí mismas, sucedía la Guerra del Pacífico. El ejército chileno, que ya ocupaba la ciudad de Lima, se llevaba de la Biblioteca Nacional un montón de libros con destino a la biblioteca de la Universidad de Chile. Los libros llegaron y horrorizaron a Ignacio Domeyko, rector de la universidad, quien tuvo que aceptarlos pero los confinó a un almacén. No aceptó reconvertir en objeto cultural lo que había sido tomado como botín de guerra. Y se quedaron, confinados, como prueba de un botín cada vez más antiguo e inútil, más de cien años, hasta que fueron devueltos (lo que quedó de ellos) en 2007 a la Biblioteca Nacional del Perú. Se hacía la Historia.

Estos dos hechos son el punto de partida de «Síntomas de la historia, una construcción imaginaria», la inteligente y sugestiva instalación de Voluspa Jarpa, que se exhibió en la Biblioteca Nacional de Chile en diciembre de 2009 y que se exhibe hasta fines de enero en la Biblioteca Nacional del Perú.

La instalación exhibe miniaturas de las fotos de las histéricas de Charcot unidas por largos hilos de nylon que van del piso al techo de la sala en vertical y diagonal. Las histéricas están entretejidas, forman un gran organismo que podría ser la historia, y a la vez, por sus posturas, por la dirección de estos largos hilos de nylon, representan una gran caída, o más bien, muchas, infinitas caídas. Si uno ve la instalación de noche, la luz proyecta las sombras de las histéricas sobre las paredes, el piso y los cristales, produciendo un efecto de multiplicación en todas direcciones, que puede resultar abrumador.

Además, se exhibe una parte del diario de Ignacio Domeyko, el rector depositario del botín, donde condena el acto. “Mandé hacer –escribe Domeyko– un minucioso inventario de los objetos traídos con la indicación del estado en que se hallaban y publiqué su lista en los diarios del gobierno para que se viera el poco provecho que aportó al país ese robo y cuánto contribuirá para excitar animosidades entre dos naciones hermanas.” Domeyko era polaco y había visto su país saqueado por los rusos. Era consciente del horror, de la humillación que el robo de una biblioteca significaba. Los libros, una vez extraídos de la biblioteca limeña, depositados en cajas, transportados por militares durante una guerra, ya no eran libros, eran un botín de guerra, eran una muestra de superioridad.

También se exhiben parte de las listas de libros, publicadas en esos días en el diario oficial, además de una torre de libros y un video de lo que fue la instalación en Chile. Es sugestivo que en Chile, en la instalación, no hubiesen libros sino pinturas de los libros robados: su representación. Una muestra sobre un acto humillante y vacío no podía sino hacerse desde la representación del vacío: los libros pintados no se pueden leer. Son únicamente objetos, y son objetos que no están. Y es sintomático que en el Perú no estuviesen las pinturas (también obra de Jarpa) sino rumas de libros. En Lima, donde están los libros recuperados, son innecesarias las pinturas. Sin embargo, los libros que se muestran no son los recuperados, esos tampoco están, han sido sustituidos. Tras el robo quedaron sus síntomas: el dolor, la rabia, el odio. Pero lo robado, los libros, fueron sustituidos por otros, y aunque hayan sido devueltos han perdido su sentido en tanto libros, ahora son otra cosa. No se sabe qué. Los libros de cuyo robo habla la muestra no se exhibieron ni en Chile ni en el Perú. Son un vacío significativo, como lo es el útero que da nombre a la histeria. Un órgano femenino móvil que no existe y sin embargo genera síntomas y es un impulso para la historia. Una historia que, sin embargo, siempre miente y sólo es posible intuir, siempre a medias y a ciegas, recorriendo, como en la instalación, un camino entretejido por imágenes que se repiten y definen una y otra vez lo mismo y, sin embargo, no pueden controlar sus propios efectos: los reflejos, las sombras, que van más allá del discurso consciente del artista, del historiador, del analista, y que, sin embargo, son aquello que se queda en el camino del soldado, del paciente, del espectador de la muestra. Véanla. Estará hasta el 31 de enero en la Biblioteca Nacional del Perú (sede San Borja). Yo la vi hace más de una semana, y me sigue siendo sugestiva.

domingo, 17 de enero de 2010

el tercer tigre


Hace unas horas Sebastián Piñera ganó las elecciones presidenciales chilenas. Por primera vez desde el fin de la dictadura, la Concertación ha perdido una elección presidencial. La derecha chilena ha regresado al poder. Es triste pero todos lo sospechábamos. Ni la adhesión de Enríquez Ominami ni la de Arrate pudieron darle vuelta a la tortilla. La Concertación sumaba tres grandes puntos en contra: el desgaste de llevar 20 años en el poder, tener al frente a un candidato como Piñera (que además de representar a la derecha había ido ganando cada vez más adeptos en el voto de centro), y tener como candidato a Eduardo Frei, el más cuestionado de los expresidentes de la Concertación, el menos carismático de sus representantes, el más fome. Chile merecía algo mejor que tener que elegir entre Piñera y Frei.

El país, que ha cambiado tanto desde el final de la dictadura, que ha conseguido tantas libertades (aunque faltan muchas: el regreso a la gratuidad de la universidad pública o la libre distribución de la píldora del día siguiente, por nombrar sólo dos puntos de una larga agenda social incumplida), parece haberse cansado de una misma y desgastada élite política que ha gobernado durante veinte años. Pero también parece haber olvidado cuál es y qué representa la derecha chilena que privilegió 'el milagro económico chileno' a la vida de algunos miles de ciudadanos, torturados, asesinados, deudos o atemorizados por el pinochetismo que no permitía comunistas, revoltosos, diferentes.

A Chile le ha costado -y le seguirá costando, como al resto de Latinoamérica-, liberarse de sus lastres: de los apellidos, los parentescos y las relaciones de negocios que se repiten en gobernantes de uno y otro bando, del conservadurismo, la hipocresía y la falta de memoria histórica. La Concertación hizo mucho pero no hizo todo. Ahora le toca a la sociedad chilena. La derecha tendrá que demostrar que ha cambiado (ojalá) y que ahora puede negociar y no sólo imponer y destruir. La izquierda tendrá que aggiornarse, en candidatos y, sobre todo, en propuestas. Y la gente tendrá que vigilar y castigar.

El país le reclamó mucho a Bachelet desde el principio (la crisis por el Transantiago y la revolución de los pingüinos son dos ejemplos clarísimos), desestabilizando su gobierno quizás incluso antes de tiempo. Ahora, al mismo país, a los mismos pingüinos y a sus padres y a sus hermanos mayores y a todos nos corresponde estar alertas. Que Chile no retroceda es tarea de todos. Sudamérica ya tiene a Álvaro Uribe y a Alan García, ahora se suma Sebastián Piñera. Los tres tristes tigres de la derecha sudamericana. De nosotros depende que la macroeconomía no sea más importante que la gente. De nosotros depende que Sudamérica no se llene de bases militares, espionaje desde el Estado, grupos paramilitares y demás. Ya son tres en la región, hay que estar muy alertas. Y hay que construir para tener un futuro cercano con mejores opciones.

jueves, 14 de enero de 2010

To Haiti, To our Hearts.

Haití

Piense en Haití, recé por Haití. Haití es aquí, Haití no es aquí.


[ no hay desastres naturales ]


El martes 12 de enero Haití fue sacudido por un terremoto de más de 7 grados. Según el primer ministro Jean Max Bellerive, es posible que hayan muerto más de cien mil personas y que los afectados alcancen los tres millones de habitantes: la tercera parte de la población del país. Sigue habiendo gente bajo los escombros (aterrada, herida, agonizante o muerta), mientras la ayuda llega de todas partes. Es difícil no conmoverse y no preguntarse por qué un desastre tan grande le ocurre, precisamente, al país más pobre de América Latina. Aunque es posible que sea al revés, y el desastre no sea el terremoto sino la pobreza.

Hace más o menos dos años y medio, un terremoto de casi 8 grados remeció al Perú. Murieron más de quinientas personas y fueron afectadas alrededor de ochenta y cinco mil, en varias regiones de la costa sur y la sierra central peruana. Lo paradójico entonces fue que Ica, la región más afectada por ese terremoto, era considerada hasta ese momento el modelo del crecimiento económico del país. El terremoto evidenció lo precario de ese crecimiento: los materiales usados en las construcciones, su ubicación y la sobrepoblación de muchos espacios fueron causa directa de muchas muertes que, con planificación urbana, se hubiesen evitado. El mundo se conmovió en 2007 con el terremoto de Pisco, la ayuda llegó y, de pronto, había muchísimas organizaciones trabajando en Pisco, Chincha, Ica y menos en Huancavelica, Yauyos y otras zonas. Pocos meses después del terremoto estuve en Tambo de Mora, en un taller con niños en el que uno, a la pregunta de qué le gustaría que pase en el futuro, respondió: “otro terremoto”.

Nos costó asumir las implicancias de esa respuesta. Mucha de la gente que recibió ayuda tras el terremoto ya era pobre antes del terremoto. Vivía en condiciones precarias, pasaban hambre y frío. Tras el terremoto, la ayuda alivió el hambre, el frío y la precariedad de vivienda a muchas familias, temporalmente. El Estado formó una entidad (FORSUR) encargada de la reconstrucción del lugar, se planteaba el desastre como la oportunidad de hacer de Ica, verdaderamente, una región modelo para el desarrollo peruano. Una Brasilia peruana. No pasó. Como no había pasado 37 años antes cuando el terremoto de Yungay. Hoy las zonas afectadas por el terremoto han vuelto a su pobreza habitual. Algunos barrios, algunas familias, mejoraron sus condiciones de vida gracias al bono seis mil del Estado, o a la ayuda de otros gobiernos o de algunas ONG y empresas privadas, algunos están peor porque nunca pudieron reconstruir las viviendas perdidas, o porque el padre, la madre, los hermanos mayores, murieron o quedaron inválidos y nadie los indemnizó, obligando a niños a dejar el colegio para trabajar, haciendo más pobres a las familias pobres. Los demás, los que nos conmovimos y ayudamos hace dos años hasta donde nuestro tiempo, nuestra voluntad o nuestra conciencia nos permitió, luego nos olvidamos y retomamos la vida de siempre.

Haití ya era el país más pobre de América Latina antes del terremoto. Precisamente, por ser el país más pobre de América Latina es que sus construcciones no eran seguras, sus edificios estaban sobreocupados y, probablemente, construidos en zonas de riesgo señaladas por organizaciones nacionales o internacionales, pero que nunca se reubicaron. Si es verdad que el terremoto afecta a la tercera parte de la población del país será un trauma muy difícil de superar para la sociedad haitiana, y ojalá la ayuda que llegue de todo el mundo permita sentar las bases para un futuro distinto, mejor, más viable para Haití porque, ¿acaso no era ya traumática la vida de la tercera parte de la población haitiana antes del terremoto? Y no se trata de relativizar el dolor, al contrario, se trata de comprometerse no sólo con la tragedia mediática: los terremotos, los tsunamis, sino con la tragedia estructural que pone las bases para esa otra tragedia. Porque un país con planificación urbana, con una población bien distribuida que vive en zonas seguras con construcciones seguras, no sufriría esa cantidad de muertes.

Los desastres nunca son naturales. Sólo hay desastre cuando un fenómeno le ocurre a alguien suficientemente vulnerable. Mientras más vulnerable sea una sociedad (más pobre, más insegura, menos preparada) mayor será el impacto del fenómeno y, por lo tanto, mayor el desastre.

Hay que buscar en los escombros y salvar a cuántos se pueda, hay que armar albergues temporales y llevar alimento suficiente para la población. Pero sobre todo, hay que rediseñar las ciudades, tomarse en serio el futuro, la seguridad de los habitantes, hay que diseñar políticas que permitan a los pobladores salir de la pobreza, vivir decentemente. Hay que ofrecerle un futuro mejor a la gente de Haití, del Perú, de Bangladesh, del mundo. Porque, ¿cuándo termina el desastre que ha comenzado en Haití con el terremoto? ¿cuando deje de aparecer en la prensa internacional en algunos días? ¿cuando se termine de remover los escombros en algunas semanas o meses? ¿cuando se reconstruyan los edificios simbólicos de la capital? Cuando eso pase, la mayor parte de la población haitiana seguirá siendo pobre y sus viviendas seguirán estando en zonas de alto riesgo. Y es posible que no ocurra un terremoto equiparable en dos siglos en Haití, pero ocurrirá en otra parte, y si las sociedades no nos lo tomamos en serio, no sólo con ayudas a corto plazo pero con políticas serias de reducción de desastres, morirán cien mil personas en un Tsunami en Bangladesh o en un terremoto en la capital de cualquier otro país pobre de África, Asia o América Latina.

Hemos fallado todos cuando un niño desea inocentemente –para tener más y mejor comida, salud y atención, aunque sean temporales– que se repita un terremoto.

miércoles, 13 de enero de 2010

Jorge Eduardo Eielson




Uno de mis libros favoritos de Jorge Eduardo Eilson es Sin título (Pre-Textos, 2000). Cada tanto me salva la vida. Transcribo algunos de mis poemas favoritos del libro.

Hay gente que no ama la gente

Porque es diferente
Porque se viste de flores
Y tiene los ojos brillantes
O porque adora un cocodrilo
En lugar de una nevera
O porque todavía alaba el sol
Cuando se eleva y se arrodilla
Cuando baja. Gente llena de amor
A la gente  parecida a toda la gente
Cuando en el firmamento
No había una nevera
Sin tan sólo
Un cocodrilo


No hay poesía hay solamente

Vida. Lo que pasa es que la gente
No sabe que la poesía
Es vida y sobre todo
Que la vida es poesía
Todo eso es viejo se dirá
Pero qué importa. Todo es también
Completamente nuevo
Todo es manzana cuando escribo
Y nada es banana
Si no me da la gana


Caminando por las calles de Milán

Se ven sólo animales
Bien vestidos. Ellas parecen faisanes
Con el cuello de jirafa
Y las piernas de pantera. Ellos
Manejan un tiburón
En lugar de un automóvil
Todos se mueven con gracia
Para desgracia de todos y todos
Tienen cabellos de oro y teléfonos
De seda. Sólo les falta la luna
Para tenerlo todo
Pero también la mirada


Para vivir bien no es suficiente

Abrir el refrigerador
Y encontrar pollo asado
Y mermelada. Es necesario además
Tener hambre de luz
Y devorar una estrella
Sin tenedor ni cuchillo
Sería bueno también
En estas circunstancias
Ponerse un vestido amarillo
Y darle la mano al vecino
Que no saluda

This revolution is for display purposes only




Leyendo el libro Banksy Wall and Piece (Century, 2006), encontré un texto suyo recordando una noche en la que, mientras preparaba unas pintas para criticar el reciclaje de los íconos revolucionarios hasta desfigurarlos, vio un asalto a una tienda, escondido de los asaltantes y de la policía. Tras el asalto y su propia huida, Banksy cuestiona su propio trabajo, su rol. Me parecen sugestivas varias de las cosas que deja entrever acerca de la figura del revolucionario como sujeto, como ícono, y de la eterna oposición entre el arte y la vida como entes transformadores de la sociedad, incluso un arte tan evidente y directamente político como el suyo. Transcribo el texto en inglés, y copio mi traducción abajo.


This revolution is for display purposes only

On a Tuesday night in the summer I tried to paint a train bridge that spans Portobello Road in West London with posters showing the revolutionary icon Che Guevara gradually dribbling off the page. Every Saturday the market underneath sells Che Guevara t-shirts, handbags, baby bibs and button badges. I think I was trying to make a statement about the endless recycling of an icon. People always seem to think if they dress like a revolutionary they don't actually have to behave like one.

I got up on the bridge about 4am. It was quiet and peaceful until two cars approached very slowly and parked on the street. I stopped pasting and watched from the side of the bridge through the bushes. After a few minutes there was no movement and I figured it was cool to carry on.

I reached the fifth poster when there was a huge bang and the sound of splitting wood. One of the cars had reversed back up the street and was on the pavement, wedged in the doorway of the mobile phone shop. Six small figures in hoods with scarves on their faces ran into the store throwing everything they could into black plastic bags. In less than a minute they were all back in their cars which screamed down Portobello Road beneath me. I stood there with my mouth hanging open, a bucket in one hand and a sawn-off sweeping brush in the other, the only young male in sportswear now within a mile of the store. I got the feeling things would look bad for me if I hung around so I dropped the bucket, climbed the fence and jumped to the street.

The area was full of cameras so I lowered my head, pulled my hood up and ran all the way to the canal. I imagined kids were probably in Kilburn by then, lighting up a spliff and saying to each other 'Why would someone just paint pictures of a revolutionary when you can actually behave like one instead?'

Banksy Wall and Piece. Century, 2006, p. 47.





Esta revolución es únicamente para exhibición

La noche de un martes de verano, yo intentaba pintar un puente ferroviario que atraviesa Portobello Road al oeste de Londres con posters que mostraban al ícono revolucionario Che Guevara deshaciéndose gradualmente hasta desfigurarse. Cada sábado el mercado de abajo del puente vende polos del Che, bolsos, baberos y pines. Creo que trataba de hacer una declaración acerca del reciclaje sinfín de un ícono. La gente siempre parece pensar que si se visten como un revolucionario ya no necesitan actuar como uno.

Trepé al puente hacia las cuatro de la mañana. Todo era silencio y paz hasta que dos autos aparecieron lentamente y se estacionaron en la calle. Paré de pegar y miré desde el lado del puente a través de los arbustos. Pasaron unos minutos y como no se movía nada pensé que ya podía seguir.

Ya estaba en el quinto afiche cuando hubo un estruendo y el sonido de madera quebrándose. Uno de los autos había retrocedido y subido al pavimento, metiéndose en la entrada de una tienda de celulares. Seis pequeñas figuras encapuchadas y con los rostros cubiertos con pañuelos corrieron a la tienda, sacando todo lo que pudieron en bolsas plásticas negras. En menos de un minuto, estaban de vuelta en sus autos, haciéndolos chirriar por Portobello Road, debajo de mí. Me quedé allí, con la boca abierta, colgando, con un balde en una mano y una gran brocha recortada en la otra, el único muchacho en ropa deportiva en una milla a la redonda. Sentí que las cosas se me pondrían malas si me quedaba allí, así que dejé el balde, trepé el cerco y salté a la calle.

El área estaba llena de cámaras así que bajé mi cabeza, me puse la capucha y corrí por toda la ruta hacia el canal. Imaginé a los chicos, que ya estarían probablemente en Kilburn, prendiendo un porro y diciéndose entre ellos ‘¿Por qué alguien haría pintas de un revolucionario en lugar de convertirse en uno?’.

* Foto de muro graffiteado tomada de aquí.
* Foto del puente tomada de aquí.

lunes, 11 de enero de 2010

La reacción



Acabo de leer este texto de Fabián Casas, llamado "La reacción", en el que habla de la adolescencia revolucionaria, los rockeros y lo reaccionario, con una lucidez enorme, aunque triste. Léanlo.

If you want to sing out

Would you believe in a love at first sight? Yes I'm certain that it happens all the time.



What would you think if I sang out of tune,
Would you stand up and walk out on me.
Lend me your ears and I'll sing you a song,
And I'll try not to sing out of key.
Oh I get by with a little help from my friends,
Mmm,I get high with a little help from my friends,
Mmm, I'm gonna try with a little help from my friends.

Do you need anybody?
I need somebody to love.
Could it be anybody?
I want somebody to love.

What do I do when my love is away.
(Does it worry you to be alone)
How do I feel by the end of the day
(Are you sad because you're on your own)
No, I get by with a little help from my friends,
Mmm, get high with a little help from my friends,
Mmm, gonna to try with a little help from my friends

Do you need anybody?
I need somebody to love.
Could it be anybody?
I've got somebody to love.


.

jueves, 7 de enero de 2010

Yuyanapaq



Cuando uno recorre una exposición como Yuyanapaq experimenta un montón de sensaciones, entre ellas: dolor, rabia, indignación, sorpresa, incomprensión, asco. Ayer, que visité la exposición después de años (lo había hecho varias veces cuando recién se inauguró, en Chorrillos, ahora fui a la exhibición permanente en el Museo de la Nación), sentí que soy incapaz de entender cómo es posible tanta violencia, tanto asco, tanto desprecio, tanta inhumanidad.

Cuando leo, escucho, veo lo que pasó, me sobrepasa. Senderistas llegando a pueblos y matando profesores, enfermeras, raptando niños y alejándolos de sus casas y comunidades para sumarlos a sus filas, poniendo bombas, asesinando con crueldad, no sólo a funcionarios del Estado o a militares (lo cual ya sería terrible, pero al menos es una práctica guerrillera habitual) sino a cualquiera, en el campo y en las ciudades, a todo aquello que para ellos representara la burguesía alienada, la traición, incluyendo a la primera esposa de Abimael Guzmán. Es difícil de entender. Pero cuando, además, uno se entera que las Fuerzas Armadas, que combatieron a Sendero Luminoso y al MRTA para defendernos a nosotros, los ciudadanos, de la brutalidad, también llegaban a los pueblos, golpeaban salvajemente a los ciudadanos, violaban a las mujeres, y asesinaban, brutalmente, a adultos y niños, mujeres y hombres, uno entiende menos. El corazón se parte. Y luego uno se entera de que los ronderos, que debían proteger a sus propias comunidades, también abusaron y mataron y violaron, uno ya no puede consigo mismo.

¿Qué hay detrás, debajo, de tanta violencia? ¿Qué hace que un grupo de hombres entre a un pueblo, a las casas, y asesinen salvajemente a las familias? ¿En qué piensan esos hombres, de qué conversan, mientras manejan camiones o camionetas llevando presos que lloran, que se desgarran de sufrimiento, inocentes o no? ¿En qué piensan y de qué conversan cuando asesinan colectivamente a niños, cuando los avientan a fosas comunes, cuando alimentan a grupos de mujeres a las que han secuestrado para violarlas, una y otra vez, antes de matarlas? ¿Cómo pueden esos hombres luego volver a sus casas, criar a sus hijos, andar por esta vida como si no hubiese pasado nada? ¿Es posible que eso pase?

Cuando un amigo de Abancay me contó, hace muchos años, cómo el Ejército mató a sus padres y cómo años después su hermano fue obligado a hacer el servicio militar y pelear contra el senderismo, y cómo un día, al terminar el servicio militar, su hermano se sumó voluntariamente a las filas de Sendero Luminoso y por qué, yo sólo pude sentir escalofríos. No me atreví a juzgarlo porque sentí que, en el fondo de mí mismo, yo era incapaz de comprender tanto dolor. A mis padres nadie los mató, de hecho, nunca he visto morir a nadie ni menos he tenido que asesinar a nadie. No sé lo que se siente. No he sido violado, no he violado a nadie. Sólo sé que no puedo entender –pero quisiera– tanto dolor, tanta rabia.

Entiendo las causas de la violencia: el Perú es un país de grandes brechas sociales, con altísimos niveles de exclusión y humillación. En el Perú, blanco, exitoso, inteligente, limpio, organizado, abusivo y privilegiado suelen verse como sinónimos. Cholo, pobre, bruto, sucio, desordenado, humillable y humillado, también. En el Perú es habitual tener una empleada y que no coma en la misma mesa o a la misma hora o incluso la misma comida que la familia que la contrata. Es humillante y, sin embargo, es normal. Hay mucha gente que sigue diciendo "¡qué cholo!" cuando quiere decir qué grosero o qué mal gusto, y que sigue alegrándose cuando un bebé nace blanquiñoso o con ojos claros. Mucha gente sigue diciendo que alguien "tiene buen tipo", cuando es blancuzco. Y casi nadie se define a sí mismo como cholo, salvo cuando usa el término como inútil eufemismo (a saber: "en el Perú todos somos cholos"). En el Perú muchísima gente muere de hambre y frío. La mayoría de jóvenes entre 18 y 30 años no cuenta con ninguna clase de seguro médico, la mitad de trabajadores del país no tienen vacaciones ni jubilación y, sin embargo, el presidente dice que "nos envidian" y que pronto "seremos un país del primer mundo", y mucha gente, sobre todo en las ciudades más grandes, como Lima, cree el imposible cuento de que "al menos ahora estamos mejor".   

Los abismos son gigantescos y yo entiendo la rabia, la indignación, las ganas de romper todo. Pero hasta allí llega mi capacidad de comprender. Creo que Sendero Luminoso no actuó ni como un partido político ni como una guerrilla sino como un movimiento terrorista. Creo que las Fuerzas Armadas no cometieron "excesos" sino que traicionaron su rol y al país, y merecen ser condenadas y transformadas (aclaro aquí que preferiría un país y un planeta sin militares). Pero creo, sobre todo, que los ciudadanos debemos asumir nuestra responsabilidad en todo el proceso de violencia y dolor y debemos replantearnos y asumir un rol nuevo en la construcción de ciudadanía. Hasta ahora no hemos exigido lo suficiente al Estado que cumpla su rol ante todos los ciudadanos del país, y tampoco lo hemos cumplido nosotros en nuestra pequeña escala: hay que empezar ahora mismo.

Vean la exposición en el Museo de la Nación. Está de martes a domingo de 9:00 a 17:00. Y vean Salò de Pasolini, otra forma de acercarse a la comprensión del horror.

*En la foto, Masacre de Accomarca.

miércoles, 6 de enero de 2010

Insurrección

Acabo de volver de la Biblioteca Nacional del Perú. Pasé la tarde viendo la exposición Yuyanapaq y leyendo las ediciones de julio de 1992 del diario El Comercio. Golpea. Hablaré en otra entrada de lo que encontré. Ahora sólo quiero compartir la sensación a través de una canción de El último de la fila:

"Me siento hoy como un halcón / herido por las flechas de la incertidumbre. // Pequeñas tretas para continuar en la brecha. / Me siento hoy como un halcón / llamado a las filas de la insurrección".


Segunda mirada al 2009


En la entrada anterior hice un recuento político del año pasado: del inicio bélico al final de acuerdos anodinos sobre la reducción del daño ambiental, pasando por avances, retrocesos y esperanzas, casi siempre incumplidas. Esta entrada, en cambio, es la de mi recuento personal del 2009, un año-limbo para mí, que publico acá para terminar de exorcizar el año que, por fin, acabó.

Pasé el año entre Huaraz, Madison y Lima. Comencé mudándome a Huaraz, involucrado en un proyecto con comunidades campesinas allí y en Yungay. Aprendí sobre cuyes, papas, heladas, sequías, rancha, e hidroponía. Tomé clases del quechua de la zona, intenté (sin éxito) abrir un centro cultural primero y una editorial después y, finalmente, dejé el proyecto y enrumbé a Madison. Allá debía definir mi futuro emocional. Luego volví al Perú, volví a Madison y volví al Perú. Durante todo el año, la sensación constante fue la de recomenzar, en un lugar o en otro, la del recién mudado, que tiene que acomodarse, adaptarse, y luego, cuando comienza a conseguirlo, se tiene que ir.

Quizá por eso mismo, ha sido un año de muchas lecturas, mucho cine, un poco de artes visuales y mucha música. Leí a Jacques Attali, a Imre Kertesz, a Huilo Ruales, a Víctor Hugo Viscarra, a Françoise Sagan. Descubrí el cine de Agnes Varda, el cine ecuatoriano, chileno y colombiano contemporáneos, a Jean Eustache. Vi siempre a Banksy, seguí a Rember Yahuarcani. Escuché, fascinado, a Aniceto y sus Fabulosos, a Los Destellos, a Los Demonios de los Andes, y también a Paté de Fua, a Bon Iver, a France Gall, le presté atención a Kevin Johansen, a Radici Nel Cemento (probablemente mi banda favorita de 2009), y leí empecinadamente a Kafka, a Clarice Lispector, a Hilda Doolitle, a Virginia Woolf.

He sido más consciente que nunca de la necesidad de comprender al otro. De lo difícil que es ponerse del otro lado del muro. Aceptar las diferencias, ya no en el lado político o social sino en el más humano, en el emocional, en el afectivo. He sido más consciente que nunca de cuánto nos determina la lengua materna, de cuán difícil es sentirse interpelado. Y he buscado libros, películas, discos, que me ayuden a entender, a escuchar, a quedarme callado, a mirar a través de otros ojos. Ha sido un año para ser paciente, para pensar, para cuestionar mis certezas. Creo que, en el fondo, ha sido un año de grandes lecciones. Este año espero demostrarme a mí mismo que las aprendí, alguna, al menos. Ojalá este año sea un año de flexibilidad y de calma, un año en el que avancemos en la consecución de nuestros derechos ciudadanos pero, a la vez, en nuestra afirmación como sujetos íntimos, capaces de ser diversos, de rehuirle al sentido común y al sentir común, capaces de pensar por nosotros mismos, de ver, de oler, de tocar, de arriesgar, ojalá le temamos menos al vacío. Ojalá luchemos por lo importante, sea lo que sea. Finalmente, en la vida, lo único realmente peligroso es estar vivo.

Primera mirada al 2009

Esta es la primera entrada de 2010, llena de toda mi esperanza. El año anterior fue duro. Comenzamos con el brutal enfrentamiento entre Israel y Palestina y acabamos desperdiciando Copenhague. Al empezar el año Obama se convertía en el primer presidente negro de Estados Unidos y en una enorme esperanza de cambio para el planeta, pero ni el inexplicable Nobel de la Paz recibido impidió el aumento de tropas en Afganistán, la continuidad de Guantánamo o la falta de compromiso en Copenhague. Acabó el año y Obama sigue siendo una promesa.

Los gobiernos de Cuba y Venezuela parecen menos revolucionarios que nunca. En Cuba, la aparición de bloggers y twitteros que revelan día a día la vida de la isla, sigue desmitificando al gobierno de la isla. Como dijo hace unos días la activista Yoani Sánchez por Twitter: “Lo que es hoy la Revolución cubana no se parece al sueño de nadie, ni de los que la construyeron y mucho menos de quienes la heredamos”. Una pena para los que la habíamos amado tanto. En Venezuela, Chávez consiguió la reforma constitucional que le permitiría reelegirse eternamente, además de su apoyo abierto al presidente de Irán, que este año pasó, otra vez, por encima del pueblo.

Corea del Norte e Irán, este año han sido más que nunca los malos de la película, con su desafío a la comunidad internacional por el desarrollo de tecnología nuclear. Claro, la comunidad internacional se opone justamente a Corea del Norte e Irán, pero no hace nada por el desarme de las otras potencias nucleares del mundo.

Las tendencias políticas en Latinoamérica han ido en distintas direcciones: Lula se afirmó como líder indiscutible de la región, Evo Morales fue reelecto con amplia mayoría en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, y en Uruguay ganó las elecciones el ex Tupamaro Pepe Mujica. En Chile, en cambio, Sebastián Piñera ganó la primera vuelta y tiene muchas más opciones que Frei para ser el próximo presidente de Chile, lo que significaría la vuelta de la derecha al poder, por primera vez desde la caída de Pinochet. Manuel Zelaya fue derrocado en Honduras por un golpe militar y, tras la intervención internacional, Micheletti, el presidente golpista, considerado ilegítimo por la comunidad internacional, convocó elecciones que, al final, con silencios y medias tintas, acabaron legitimándose. Latinoamérica volvió a legitimar los golpes de estado.

Algunos debates se reavivaron: el de la eutanasia en Italia, la distribución de la píldora del día siguiente en Chile, la despenalización del aborto en el Perú, la del consumo de marihuana en Argentina, y el matrimonio gay, que acabó legalizándose en México y que tuvo a su primera pareja de casados en Argentina. Un paso adelante.

Por otro lado, en el Perú el año estuvo marcado por lo ocurrido en Bagua, y la evidencia –otra vez– de una sociedad escindida, fracturada. Como en tiempos de Fujimori, el gobierno intenta unificar al pueblo azuzando un nacionalismo patriotero y absurdo, y un antichilenismo recalcitrante, impulsado directamente por Alan García, quien lanzó dos veces en el año acusaciones contra Chile en momentos clave: la infundada de teoría de los tratos bajo la mesa entre Bolivia y Chile durante la cumbre de UNASUR en Argentina, desviando la atención de los peruanos sobre las bases militares estadounidenses en Colombia, y denunciando el espionaje en la cumbre de la APEC, con el insólito argumento de que en Chile “nos tienen envidia”. Felizmente, un gran avance fue la decisión de hacer un Museo de la Memoria. El debate se inició con la negativa del gobierno peruano a aceptar un donativo alemán para su construcción. Al final, el gobierno asumió (con displicencia) la tarea de hacer el Museo que, pese a todo (lo dirigirá Vargas Llosa, se hará en Miraflores, etc.), es una de las noticias más importantes del año, y un gran reto hacia la construcción de ciudadanía en el Perú.

Además, el crecimiento geométrico de la popularidad de las redes sociales, fundamentalmente Facebook y Twitter, van configurando una relación distinta con la información en el mundo. Los ejemplos más claros del año fueron Irán, Cuba y el 5 de diciembre contra Berlusconi en Italia. Asimismo, el año que pasó trajo la gripe H1N1, que evidenció varias formas de discriminación y estupidez: varios países (el Perú entre ellos) cerraron sus puertas por semanas o meses a la entrada de vuelos procedentes de México, cuando el virus se había iniciado (y, finalmente, produjo más víctimas) en Estados Unidos. Además, el Perú –entre otros países– gastó mucho más dinero en evitar la H1N1 que la gripe común, pese a que la segunda cobra muchas más víctimas en el país que la primera.

También se evidenció una doble moral y un endiosamiento de la figura intelectual, principalmente en Francia, cuando capturaron en Suiza a Roman Polanski por una violación que él mismo había aceptado y que lo tuvo huyendo de Estados Unidos por tres décadas (y de la que muchos de sus fans no estábamos enterados).

Finalmente, murió Mercedes Sosa, cantora imprescindible de la esperanza latinoamericana, Mario Benedetti, autor inspirador para varias generaciones, Michael Jackson, un ídolo de barro que, sin embargo, nos influyó a todos, el Zambo Cavero, uno de los últimos grandes de la canción criolla peruana, y Claude Lévi-Strauss, un revolucionario de la antropología y las ciencias sociales. Además, murieron de hambre, frío, pena e injusticia muchísimas personas en el mundo, cuyos nombres no sabemos y que, sin embargo, no debemos olvidar, cuyas muertes también deben afectarnos, dolernos, obligarnos a la esperanza y al amor, el sentimiento más revolucionario que hay.

2009 ha sido un año difícil pero ya se acabó. Este acaba de empezar y está en nuestras manos. Dejo dos canciones en la voz de Mercedes Sosa, que siempre sirven.