jueves, 24 de junio de 2010

Nadie escucha, nadie atiende

Hemos violentado la distancia. En medio de tantas comunidades virtuales, hemos olvidado cómo funcionaban las comunidades reales, infinitamente más pequeñas y más íntimas, en las que usábamos menos significantes y les otorgábamos muchos más significados. En las que compartir una canción era cantarla o tararearla con nuestra propia voz, o al menos poner un audífono en el oído del otro, mirándolo a la cara, viendo su reacción ante tal o cual parte de la canción, intercambiando alguna sonrisa, construyendo un momento, un código nuevo, que haría que la canción, años después, en otra ciudad y en otro contexto se convierta en un arma de salvación. Antes. Ahora es hacer embed (como hago yo, aquí, tantas veces) y listo: la canción se convierte en un link, en un video, en un mensaje del que nadie es emisor ni receptor, salvo el emisor original y el último receptor, nos hemos convertido en puentes invisibles. Y lo peor, de cosas que no tienen más sentido que el que les otorgábamos nosotros, así, somos puentes invisibles a través de los cuales circula la nada.

Entre tanto Facebook, Twitter, Tumblr, Flickr y demás redes y comunidades de lo inmediato hemos olvidado el pudor, el silencio, la pausa, la intimidad. Ahora somos absolutos exhibicionistas opinando de todo y para todos, discutiendo con quien quiera que se nos ponga al frente, mostrándoles a todos nuestras fotos, nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestros deseos, nuestros cambios de vida, todo, todo es digno de ser mostrado, y como es digno, exageremos, exageramos hasta producir todo el ruido que se pueda y a toda velocidad, nadie se detiene, nadie escucha, se trata únicamente de decir algo fuerte y rápido, y que sea leído por otros, que sonrían (virtualmente) ante lo dicho, que se tomen uno o dos segundos, para sentirnos tranquilos, en paz, parte de algo. Nadie escucha, nadie atiende.

Y en un universo donde todo se expone tan gratuitamente las palabras, las imágenes, los actos, van vaciándose de sentido. Porque la lógica de lo virtual ha trascendido su espacio original y nos persigue en la vida real. También las conversaciones en una mesa de café se han vuelto más rápidas y ligeras y aspiran a la sonrisa fácil y al siguiente tema. También estamos más urgidos por hablar que por oír. También lo hemos banalizado todo.

Hemos querido destruir la distancia para acercarnos y nos hemos alejado mucho más. Estar siempre conectados nos da la ilusión de proximidad. Ahora es posible saber qué comiste, con quién saliste, cuándo, a dónde, quizás incluso por qué, entonces, ¿para qué verte? Y si nos vemos, seguramente ya no me contarás eso que me contaste por Skype, msn, Facebook, Twitter, email o Gtalk, ¿para qué? Y sin embargo, lo más importante, las sensaciones, la densidad de cada instante de nuestras vidas, eso empieza a desaparecer, eso empieza a dejar de contarse, ¿para qué? Para qué hablar de eso si puedes linkear una canción o poner un statement apropiado en alguna red social o, de última, reenviar una cadena en Power Point.

Pero lo grave no son las nuevas tecnologías, somos nosotros. Lo grave es que quisiera haber escrito sólo tres líneas, o dos, que tuvieran la potencia del sonido de una trompeta de jazz, pero todo ha sido tan dicho, tan manido, tan gritado, que pareciera que ya nada valiese la pena. Nos hemos vuelto tan superficiales que duele. Habría que quitarse los lentes y callarse la boca y mirar al frente y ver qué pasa. Intuyo que nos podríamos sorprender.

miércoles, 9 de junio de 2010

Nota al paso

Hace algunos meses trabajo mucho. Corrijo, leo, releo, resumo, sistematizo, escribo cosas mínimas y a pedido. Soy la mano de otro. Soy un puente. No soy. Lo que leo es interesantísimo (aunque posiblemente inútil) y -hoy- me hace pensar en el tiempo, en mi tiempo, y en las palabras que usamos, que escribimos, que decimos, en los montones de impresos que creamos, en los libros, revistas, afiches, volantes que escribimos y difuminamos por la vida. Muchos (como los que veo en estos meses) repletos de información técnica y bien intencionada que, sin embargo, no será leída o comprendida o utilizada salvo raras excepciones. ¿Para qué gastamos tanto tiempo y dinero en esta falsa comunicación? Tantos libros útiles, tanto razonamiento, tanta información, todo tan interesante y no será leído, no será tomado en cuenta. Los poderosos lo decidirán todo al final, sin abrir libros, para bien y para mal.

Al menos, la literatura se sabe absolutamente inútil, y en ello radica su utilidad. No sirve para nada y, sin embargo, salva. Hoy la extraño.