domingo, 28 de noviembre de 2010

Sedmikrásky, o del cine diverso

Al llamar [revolución diversa] a esta bitácora pensaba, como escribí entonces en la declaración de principios, que el mundo necesita una revolución. Elogiaba el ojo crítico, la buena voluntad y el esfuerzo por cambiar las cosas de los revolucionarios tradicionales, y les criticaba el creer saber “qué cosa es un mundo mejor", lo que los ha llevado siempre a extremismos de resultados lamentables. Proponía, por tanto, un espacio revolucionario que reúna a “todos los que creen que el mundo lo tenemos que hacer mejor nosotros, todos los que tengamos ganas, respeto profundo por quienes no estén de acuerdo con nosotros y alguna herramienta que aportar”. Sigo pensando lo mismo. Ojo, no se trata de la posición cómoda del que respeta todas las posiciones y, en consecuencia, no asume ninguna. No se trata tampoco de lo políticamente correcto (nueva forma de proteger el status quo, de no ofender, de no decir, de no mover). Se trata de cuestionarse y cuestionar permanentemente, sin pensar al otro como un enemigo.
Sin embargo, por hablar de la revolución, no expliqué que esta bitácora piensa el término 'diverso' en dos sentidos a la vez: diverso como plural, múltiple; y diverso como distinto, diferente. Una revolución diversa debe ser plural, apuntar y avanzar en varias direcciones, cuestionarse y reformularse permanentemente y en función a situaciones y/o deseos concretos, debe reconocer que no sabe adónde va, pero debe esforzarse siempre por ir a alguna parte. A la vez, una revolución diversa debe ser diferente, distinta de todas las anteriores, debe construirse a sí misma una y otra vez y desemejarse, tomar distancia de los conceptos y las formas caducas. Hay que buscar siempre –como planteaba Mariátegui–, el germen de lo nuevo en tanto agente cuestionador, revelador, transformador, y a veces eso nuevo revolucionario proviene de la tradición (como en el caso de la utopía andina mariateguista, precisamente), a veces no. Creo, como Derrida, que hay que situarse en el parergon, ni adentro ni afuera (aunque eso sea en la práctica imposible, es una tarea éticamente necesaria); y creo, como Jacques Alain Miller, que hay que hacer signo y huir permanentemente de la insignia, renunciar a la fosilización para seguir vivos, activos. 
He pensado en todo lo anterior tras ver Sedmikrásky, maravillosa película de la cineasta checa Věra Chytilová, estrenada en 1966. La película –siguiendo lo planteado líneas arriba– es una muestra clara del cine diverso: asume su lugar en la multiplicidad de géneros, dialoga con varias tradiciones, explora nuevos caminos del color y el lenguaje cinematográfico, y sigue su propia ruta. Película símbolo de la nueva ola checa, prohibida por el comunismo que la acusó de "atentar contra los cimientos sociales", y bandera del feminismo, el film acompaña una parte de la vida de dos muchachas llamadas Marie (aunque los nombres varían a lo largo de la película en función de sus amantes), desde que descubren la inutilidad de las cosas y deciden que, ya que están perdidas actuarán como perdidas, hasta el ambiguo desenlace, que puede leerse a la  vez como moralizante o subversivo, más aún si uno toma en cuenta la dedicatoria del final.
La película, sin embargo, no presenta ninguna crítica social específica ni tiene una historia lineal, de hecho, casi no plantea ninguna historia en absoluto. Pero presenta, casi nos arroja a la cara, el germen de lo nuevo, de lo plural y de lo distinto a la vez. Dos mujeres protagonistas, jóvenes, bonitas y usándose a sí mismas y al mundo con inteligencia, un mundo en constante transformación, un presente absoluto, límites borrados entre realidad y fantasía, sensualidad, sensorialidad y un cine altamente reflexivo. Una obra maestra. Es imposible no sentirse seducido por la película y, a la vez, es muy difícil particularizar sus bondades. Uno podría mencionar los elementos que acabo de enumerar y algunos otros y, sin embargo, no sería exacto ni suficiente. Y allí, en lo irreductible, está lo realmente revolucionario. El signo que huye de la insignia, lo nuevo que, cuarenta y cuatro años después de su estreno, sigue siendo nuevo porque siendo útil, revelador, cuestionador, transformador. 
Les dejo aquí el tráiler de la película y aquí, una reseña con yapa para los que la quieran ver. Disfrútenla:



sábado, 27 de noviembre de 2010

Buscando un inca


Aprovechando el feriado largo estadounidense he dedicado estos días a leer Buscando un inca. Identidad y utopía en los Andes, de Alberto Flores Galindo. Publicado en 1986 (puede conseguirse  en español aquí y en inglés aquí), es un libro fundamental para quien quiera entender la historia de la sociedad peruana pero, además, tiene una altísima calidad narrativa y claridad de ideas. Un buen plan curricular debería incluir su lectura obligatoria en los últimos años de la secundaria pública y/o en los primeros de la universitaria.
Flores Galindo recorre la historia del Perú, desde la llegada de los españoles, es decir, desde la destrucción del incario, hasta nuestros días, siguiendo la evolución de lo que llama la "utopía andina". Del nacimiento del concepto europeo de 'utopía', su resignificación en los Andes y la invención/reconstrucción de la figura del incario y del Inca como la realización de esa utopía, que tomaría, sin embargo, connotaciones diversas según el lugar, la época y los agentes que tomaron parte en ella: desde la eliminación del hombre blanco y la vuelta a un imposible Tawantinsuyu comunista y homogéneo, hasta la construcción de un Nuevo Perú que resulte de la elaboración original de un nuevo sistema político, capaz de integrar modelos europeos y tradiciones prehispánicas. De algún modo, su libro plantea una historia de las rebeliones en los Andes peruanos, del Taki Onqoy a Sendero Luminoso, que se exige a sí mismo una doble tarea: revelar particularidades tanto como puntos comunes en todos aquellos movimientos. Así, por ejemplo, el mesianismo que imperaba en la España de la reconquista y que se instaló en los Andes peruanos fundando la esperanza en la resurrección del Inkarrí, alcanza también a la figura de Haya de la Torre en el siglo XX, que se presenta a sí mismo y a su partido como los únicos capaces de salvar al Perú. Hay, en fin, mucho pan por rebanar en el libro, pero en esta relectura, hay dos figuras que me llamaron particularmente la atención: Gabriel Aguilar y José María Arguedas.
El quinto capítulo del volumen está dedicado a los sueños de Gabriel Aguilar, muerto en la horca en 1805, junto a Manuel Ubalde en la plaza mayor del Cusco, acusados ambos de conspiradores. Gabriel Aguilar, criollo de Huánuco y lector heterodoxo de la Biblia, creía que el fin del mundo (es decir, de su inversión, de la vuelta al poder de los incas) estaba cerca y que él estaba predestinado a ser un agente del cambio. Su revuelta fue mínima, apenas un intento fallido de tomar un cuartel cusqueño, pero formaba parte de una misión mayor: encontrar a un descendiente legítimo de los incas para restituir el imperio. En el proceso que se le siguió se narraron una serie de sueños (el proceso fue publicado por Carlos Ponce bajo el título de El conato revolucionario de 1805), y Flores Galindo decidió analizarlos. Lo que me parece fabuloso de este capítulo es que se sitúa en los límites mismos de la disciplina: AFG se encuentra más cerca del psicoanálisis y de la crítica literaria (en general, de la hermenéutica) que de la historia, y el resultado es brillante: nos cuenta la historia de personajes mínimos, de los que -hasta donde sé- nadie más se ha ocupado con seriedad, analiza sus contextos, hace una lectura de los símbolos soñados y, a través de ellos, de la época, para luego vincular ese análisis particular (de algo además tan subjetivo y riesgoso como los sueños de un sujeto conflictuado), con su tesis general.
El otro capítulo que me llamó la atención fue el décimo, dedicado al "Perú hirviente de nuestros días", y que inicia con la figura de José María Arguedas. Hay que enfatizar que, si bien esta sección está dedicada explícitamente al escritor, su nombre, su personalidad y su tarea son presencias constantes en el libro. En esta sección, el autor busca leer la utopía andina en Arguedas, tanto en su obra literaria como en su tarea como antropólogo y en su autobiografía, partiendo por las anotaciones manidas: oposición blanco/indio en la que el blanco tiene el poder absoluto y el indio, bueno por naturaleza, es incapaz siquiera de rebelarse, para ir mostrando las complejidades del proceso: el lugar del mestizo, las transformaciones sociales, el deseo,de transformación, la toma de posición y, finalmente, la esperanza frustrada: el "que no haya rabia" arguediano, que contrasta con la rabia que AFG nos ha mostrado a lo largo de su relato y que se repetirá, en mucha mayor proporción, en la década del ochenta. Otra vez, Flores Galindo se sitúa en el límite de su disciplina. Si en el otro capítulo había considerado los sueños para su discurso, ahora lo hace con la literatura, compara no sólo lo escrito por JMA sino también por los críticos literarios sobre su obra y emplea ese material para sus conclusiones sin hacerle perder al escritor su dimensión irreductible. La ficción es compleja y Arguedas es el más complejo de nuestros escritores. Sin embargo, esa misma complejidad es un punto de referencia inevitable para AFG y -debería serlo- para cualquiera que quiera entender el Perú del siglo XX.

Ciudad y cultura

El domingo último, Enrique Planas publicó en El Comercio un artículo llamado “Una ciudad abierta a la cultura”, que elogia el plan cultural de la entrante gestión municipal limeña, desarrollado por Víctor Vich. Planas empieza señalando lo que ya sabemos, que: “[l]a movida cultural limeña ha demostrado, por años, que no necesita de apoyo oficial para florecer. Casi puede decirse que los artistas trabajan a espaldas del Estado, conociendo de este solo trabas burocráticas y cobros absurdos”, para luego decir que “son los museos, los espacios públicos, la oferta cinematográfica, musical, artística o teatral, las instancias que forman ciudadanos más críticos y conscientes de su realidad”. Relata que el municipio de Lima trabajará con las secretarías de cultura de los municipios distritales y que tendrá como prioridades de su gestión: abrir museos a la escuela pública; mudar la pinacoteca municipal al Museo Metropolitano convirtiéndolo en un “gran centro cultural”; recuperar los Munilibros; recuperar la bienal; y gestionar el Teatro Municipal, el Segura y la sala Alzedo. Teniendo en cuenta las políticas culturales de las recientes gestiones municipales, fundamentalmente la de Castañeda, me alegró la noticia y la compartí en mi cuenta de Facebook, donde recibí el comentario de Roberto Bustamante, quien considera erróneo el planteamiento de Vich, para sustentar lo cual me remitió a este post suyo, en el que critica “Horror Miraflores”, un artículo del propio Vich publicado hace algún tiempo en El Comercio, en el marco de un suplemento dominical dedicado a las industrias culturales. Allí fui y este post es el resultado de esa lectura.  
En su artículo, Vich postula la doble necesidad de diseñar planes urbanísticos desde el Estado y de convocar, para ello, a especialistas. El ejemplo que emplea es el mural cerámico diseñado hace dos décadas por Ricardo Wiesse para recorrer la Vía Expresa. En su post, Roberto critica, en primer lugar, el uso del término ‘industria cultural’ por anticuado o desfasado (este punto lo discutiré en otro post), también el supuesto de la “ausencia de políticas culturales”, pero sobre todo la “actitud vertical, de privilegio concedido” que tienen los promotores de la cultura en el país, quienes consideran válida la dicotomía: “los que saben de arte, educación, etc., y los que no”. Roberto se queja –con razón– de que estos promotores, pertenecientes a la minoría más blanca, poderosa y occidental del país, ninguneen a los “nuevos limeños con nuevas sensibilidades” quienes, por fuera del espacio controlado por el Estado,  imponen “su estética, sus gustos, sus valores culturales, ‘chirriantes’, ‘huachafos’, llenos de ‘cascadas y fuentes’. Estética Norkis, si quieres”.
Lo que subyace a la crítica de Roberto es la problematización del término ‘cultura’, y quién y cómo debe plantear y llevar a cabo las políticas y la gestión cultural. Discusión interesantísima y larga que, ojalá, ocupe un lugar central en la nueva gestión. Sin embargo, su crítica tiene al menos dos supuestos gratuitos: que la gestión municipal privilegiará una estética minoritaria, alejada de la de los “nuevos limeños con nuevas sensibilidades”, y que, efectivamente, esos “nuevos limeños”, son radicalmente otros a la minoría que demanda “obras de arte, espacios públicos para la promoción cultural, etc.”.
Como señala Planas, la movida limeña no necesita de apoyo para florecer. Ni en Barranco ni en Callao ni en San Juan de Lurigancho. Sin embargo, ¡cuánto más florecerían esas movidas si tuviesen apoyo!, y qué mejor que gestionar ese apoyo a través del trabajo con las secretarías de cultura de los municipios distritales. Así, cada distrito podrá compartir y coordinar sus propias agendas con las de la municipalidad provincial y, quizás, se consigan precisamente tender puentes entre distintas comunidades de actores del campo cultural. Definitivamente museos, libros y teatro no son todo lo que la ciudadanía necesita en términos de cultura, pero son un gran comienzo, más aún si se abre el espacio para discusiones locales de qué exhibir en esos museos, qué publicar en los Munilibros (y cómo hacer circular esas ediciones por toda la ciudad), y qué poner en esos teatros. Y si, como anuncia Vich, se busca articular municipalidad provincial con distritales, esos “nuevos limeños con nuevas sensibilidades” de que habla Roberto, estarán bastante bien representados a través de los colectivos y grupos que ya existen por toda la ciudad y que, en general, tienen ya articulaciones locales. Ahora bien, es verdad que quienes detentan el poder de la cultura en el Perú pertenecen a una élite altamente discriminatoria del país, pero esa no es una particularidad del campo cultural, es la misma élite que domina todos los otros campos y, precisamente, una apertura municipal a otros actores de la cultura es imprescindible, pero no hay que jugar al ojo por ojo: aunque la minoría elitista rechace las formas que no le pertenecen, si queremos construir ciudadanía, debemos aspirar a un Estado que integre y reconozca tanto las formas de las mayorías como las de las minorías. En eso –la inclusión o no de distintas propuestas y actores– radicará el éxito o fracaso de cualquier política cultural en el Perú. No hay que olvidar que, si bien aún la ausencia de políticas representa políticas por defecto y, en consecuencia, siempre ha habido y habrá políticas culturales, el Perú no es un país que se caracterice por otorgarle un rol central a éstas. Hay que hacerlas integradoras, sí, pero sobre todo, hay que hacerlas. 

domingo, 21 de noviembre de 2010

no escribo

Hace un montón que no escribo en esta bitácora. Apenas si pongo de cuándo en cuándo algunos videos. Y, la verdad, no es que la universidad me haya comido todo el tiempo del mundo, que llegue cansadísimo a casa a dormir o a leer 24 horas al día. No, es flojera pura. En vez de pasarme horas rondando por YouTube podría hacerme algún campito y hablar de algo por esta vía. De las elecciones peruchas que ganó -pese a la conchudísima demora- Susana Villarán, o del ya inesperado Nobel (que no sé por qué pronunciamos nóbel) a Vargas Llosa, o de alguna de las aventuras del sátrapa García. Pero flojera. Flojera. Ya me daré el tiempo. O no. 
Por lo pronto, es evidente que el inglés ha reducido mis adjetivos y me ha llenado de oraciones cortas: adolezco de comas, me relleno de puntos seguidos. Ay (may). Bueh, como se puede -fácilmente- deducir de la línea anterior, hablo solo. Y en perucho. Mucho. Como me paso la vida hablando en inglés o en un castellano rarísimo que acá llaman Español (sí, con mayúscula, acá todo es con mayúscula) y que está lleno de cognados y construcciones raras a las que, sin embargo, no hay que criticar porque EEUU tiene más hispanohablantes que el Perú así que perucho asume calladito nomás; como eso sucede, resulta que cuando no pienso en inglés, tampoco pienso en Español, no siquiera en castellano, pero en peruano. De pronto o manyo o no manyo (en general son los otros los que no manyan o, lo que es lo mismo, no la paran), me digo "yara" antes de cruzar en rojo, juego (desde esta tarde, la verdá) pichanga los domingos, me vengo pa la jato temprano, jameo, en general me soteo, etc. Obvio, todo eso me lo digo pa' mí solito porque habemos como tres peruchos en esta ciudad, que es lo mismo que decir que el Perú no existe, es un invento de Vallejo.
En fin, eso. Disculpen que hoy no haya hablado de nada y los haya hecho llegar hasta acá, hasta esta línea. Disculpe caballero señorita que le haya interrumpido su lindo viaje su linda conversación, y para que no se vaya con las manos vacías, acá le hacemos entrega de este lindo obsequio que le sale gratis por la compra de todo lo anterior, un viejo pero efectivo video de Sumo, esa legendaria que nos dejó el ítalo-escocés crecido en China y argentino por adopción: Gran Luca Prodan:

viernes, 19 de noviembre de 2010

un amigo

Hay músicos a los que admiro profundamente: Prokofieff, Wagner, Spinetta, Ellington, por nombrar solo algunos. Músicos capaces de inventar o reinventar universos, de sacarlo a uno de todas partes para llevarlo uno nunca sabe bien a dónde. Hay otros, no menos capos pero quizá menos complejos, capaces de generarnos un sonido inolvidable, placentero: Cassia Eller, Caetano Veloso, Chabuca Granda, Andrés Soto, Cocteau Twins y muchos otros, a los que recurro de cuándo en cuándo y siempre les encuentro algo que me hace feliz, una melodía, una frasecita, algo que me es suficiente. Pero hay otros que son como amigos del barrio, que a veces hacen las cosas bien y otras veces hacen las cosas mal, pero uno no deja nunca de quererlos. Que dicen cosas o producen sonidos que quizás uno podría (o quisiera poder) producir. Y entonces acompañan, mientras uno es chico y va creciendo y quizá también ellos van creciendo y su música va cerquita de nuestra vida. Nos da lo mismo (me dalo mismo) si el mundo los considera buenos o malos, son mis amigos del barrio, los que siempre que estoy hecho pedazos o necesito un abrazo, una cerveza, una canción, están ahí: Cake, Belle & Sebastian, Miki González, Lou Reed, Calamaro, entre otros. Pero de todos, sin duda el más cercano, el que me acompañó desde el fin de la primaria, con los primeros puchos, las primeras cervezas, las primeras tristezas eternas e innombrables y las ganas, siempre, siempre, de levantarse y seguir ha sido Fito Páez, para cuya música no tengo ninguna objetividad, le debo tanto que jamás podré decir si creo que es un buen o un mal músico, pero sí que es un gran amigo, y que siempre está, como ahora. Gracias, Fito.