lunes, 6 de mayo de 2013

Javier Diez Canseco

No me gustan los obituarios ni subirme al carro de los homenajes póstumos, pero no puedo evitar decir que me apena la muerte de Javier Diez Canseco. De chico, mi opinión sobre la política era bastante confusa. Mi padre había estado afiliado toda su vida a Acción Popular, había trabajado repleto de fe para la revolución de Velasco y odiaba con pasión profunda al APRA (de hecho, la única que vez que recuerdo haberlo visto llorar fue el día en que Alan García ganó su primera elección). Sus hermanos, en cambio, estaban siempre más cerca del PPC, aunque en el 85 votaron por Alan, y en la familia de mi mamá, eran todos comunistas, aunque más ligados al comunismo europeo de los años 30 que al peruano de los 70 u 80. En mi cabeza, por lo tanto, era todo un caos. Nunca sabía bien si Velasco había sido el mejor o el peor presidente del país, si los comunistas eran el lastre o la esperanza, o si era mejor formar parte del "pueblo" o de la "gente decente". Sólo dos cosas tuve claro desde niño (digamos, desde el 87) sobre la política peruana: que el APRA era una mafia de la peor calaña, enquistada como un cáncer principalmente en el poder judicial peruano, y una de las razones más importantes del caos que es el Perú; y que Javier Diez Canseco era un hombre de bien. En ambas cosas todos los adultos de mi familia estaban de acuerdo.

Voté por él en todas las elecciones. En varias, fue el único candidato por quien voté. Tuve siempre la esperanza de que podría liderar en serio a la izquierda peruana. De hecho, si voté en la última elección por Humala (militar que me parece más oportunista que revolucionario) fue en parte por el apoyo de Diez Canseco, a quien luego el partido de gobierno traicionó.

Murió ayer, sancionado por el Congreso del cual, desde hace mucho, era el más decente representante. Al menos su familia se negó a la hipocresía de recibir a quienes lo agraviaron al final de su vida. Diez Canseco, como Carlos Iván Degregori, fue una de esas pocas figuras públicas en el Perú contemporáneo que era capaz de nadar en el lodo sin ensuciarse.

El país lo extrañará, ojalá seamos capaces de honrar su legado.

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